En los campamentos de Gaza, negocios renacen de latas de ayuda
ONU Comercio y Desarrollo cifra en 22 años el progreso borrado en menos de dos años; en las tiendas de campaña esa cuenta es un gimnasio rehecho con latas vacías.

ONU Comercio y Desarrollo ha calificado el colapso de la economía de Gaza como el más grave registrado y cifra la pérdida en 22 años de desarrollo en menos de dos años.
Detrás de esa cifra hay miles de personas que perdieron el sustento que habían construido antes de la guerra y que han improvisado nuevos oficios con lo que queda de la Franja.
Iman Mughira, de 33 años, había invertido meses y hasta 250.000 dólares, junto a varios socios, en un gimnasio en Rafah. Desplazada a al-Mawasi, en Khan Younis, en el sur de la Franja, siguió las imágenes de satélite de su ciudad hasta tener la certeza de que el edificio ya no existía.
Lo que construyó después salió de la basura del campamento. Latas de comida vacías de los paquetes de ayuda y envases de aceite desechados, rellenos de arena y atravesados por trozos de madera, se convirtieron en pesas. Las mujeres de las tiendas cercanas empezaron a reservar una hora al día para entrenar, sin desplazarse y sin pagar, y algunas acuden a su tienda a hacer ejercicio con ella.
Las quejas que escuchaba eran las que produce el propio desplazamiento: dolores musculares por dormir sobre la arena, por acarrear las pertenencias a mano, por cargar agua y lavar la ropa sin lavadora.
Ayman Abu Muhareb, de 44 años, tenía un supermercado antes de la guerra. Fue bombardeado y la mercancía que quedó dentro fue saqueada, y ahora hornea pan en un horno que su familia construyó con barro y paja cerca de un campamento en Deir al-Balah, en el centro de Gaza, para alimentar a un hogar de ocho personas que incluye a una hija con una malformación cardíaca. Mantiene el horno encendido con madera, plástico y tela, y dice que los médicos le han advertido repetidamente sobre las horas que pasa entre ese humo. Empezó hace un año y su salud ha empeorado desde entonces.
Zeinab al-Najjar, de 50 años, se convirtió en el sostén de su familia después de que su marido resultara herido y quedara en silla de ruedas. Desplazada al paseo marítimo de Deir al-Balah, vende altramuces entre las tiendas de campaña: empieza por la tarde, cuando baja el calor, y a veces regresa después de la medianoche.
Ninguno de estos oficios devuelve lo perdido, y leerlos como una recuperación es invertir la historia. Un gimnasio de un cuarto de millón de dólares se convierte en latas llenas de arena; un supermercado, en un horno que le está costando la salud a quien lo atiende. Así se ve la cifra de la ONU a escala de un solo hogar, y por eso 22 años de progreso borrado no se recuperan porque la gente vuelva a encontrar trabajo.